STEPHEN KING Y EL SUEÑO AMERICANO

Stephen King cuenta, en su libro autobiográfico Mientras escribo, cómo llegó el éxito a su vida. Narra una existencia llena de penalidades (alcohol, habitaciones de alquiler, autocaravanas, problemas para llegar a fin de mes… lo de siempre cuando se quiere dar pena), como para justificar que al final haya llegado a ser tan asquerosamente multimillonario.

Nadie le juzga por ello. Es más, y aun dejando a un lado lo mal que redacta, se le debe reconocer el que haya creado alguno de los mitos más escalofriantes de la cultura del horror. Carrie, El resplandor, el payaso de It, forman parte, como Drácula, de nuestras pesadillas.

Nacido en 1947 en Maine, Estados Unidos, podemos imaginarle como el típico empollón de gafas y aspecto enclenque. El cine de su país nos lo ha relatado miles de veces. Aunque él quiera, después, situar su adolescencia en el lado de los malotes, es de suponer que haya en él más de Carrie que de los chicos y chicas de la novela que abusan de la protagonista. Su primer éxito son precisamente las peripecias de esta joven superdotada de poderes sobrenaturales. Después vendrán otros, rápidamente asimilados por la cultura de masas.

Al que escribe estas líneas no le gusta King, puede que ya haya quedado claro. No le gusta la literatura sin literatura, esto es, literatura en la que las palabras son todas sustituibles, las imágenes no surgen del papel, sino de un gran esfuerzo mental. Todo en King es previsible, y no durará porque para entenderlo el lector requiere de imágenes previas, muchas imágenes previas. Demasiadas imágenes previas. Ninguno de sus libros salvo, precisamente, Mientras escribo, podría llevárselo uno a una isla desierta. Es tremendamente dependiente; pero en fin.

No se le puede negar el éxito. Seguramente King tiene su mérito. Ya hemos mencionado los iconos. Los que él ha creado y él mismo. Stephen King es un icono. Como Elvis, como Marilyn. Un icono que él se encarga de alimentar. Que todos llevamos dentro. El icono atormentado, pobre, que se hace a sí mismo.

Para el que escribe: buenas ideas, buenas intenciones… Demasiadas páginas para no contar nada.

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