LOVECRAFT, LA SERIE B EN LA LITERATURA

Antes de la Serie B del cine, existía una serie B de la literatura. Era la que hacían escritores que, no llegando al gran público, desarrollaban una enorme actividad en fanzines, revistas y medios marginales. Lovecraft era uno de ellos. Muy activo, además, como todo buen frikie ha de ser.

Su vida comienza en 1890, en la muy noble y colonial Providence, al nordeste de EE.UU. El puritanismo marca su educación. La soledad, la falta de amistades y un desarrollo vital algo extraño, su radicalismo. Desde muy joven comienza a fantasear, y de eso a empezar a escribir hay un solo paso: la lectura y una buena enfermedad que le haga pasar mucho tiempo en casa. Lovecraft cumple ambos requisitos, y pronto se verán reflejados en cuentos y demás.

Además hay por medio, en su adolescencia, un asunto de dinero, de ruina familiar. Quizá esto engrandezca si cabe más aún su incipiente protofascismo –por no llamarlo fascismo y que alguien se nos enfade–. Lovecraft llevará dentro cierto resentimiento que, debido al carácter de su obra, apenas se verá reflejado. Creerá en la superioridad del hombre blanco, hao. Y un desengaño amoroso –más bien por parte de ella–, le hará granjearse una fama de asexuado que cuadra muy bien con sus ideas intolerantes.

Pero vayamos a su obra. Lovecraft tiene el honor, como otros artistas tratados en este blog, de haber creado mitos inmortales para los que gustan de leer historias de miedo. Sus monstruos, aunque un tanto increíbles –si no, claro, no serían monstruos–, se desenvuelven siempre en una atmósfera lúgubre, mundos imaginarios de oscuridad, desolación y vahos malolientes. Su estilo es un tanto recargado. Adolece de falta de frescura. Es como un pastiche, pero en fin, ahí radica también parte de su encanto.

Su obra está constituida por relatos. Según algunos críticos, podría dividirse en los cuentos agrupados den Historias macabras ( entre 1905 y 1920), Historias del Ciclo del Sueño (entre 1920 y 1927), y Los Mitos de Cthulhu / Lovecraft (entre 1925 y 1935).

A él le debemos la leyenda del Necronomicón y algunas adaptaciones más o menos casposillas al cine, de la mano de clasicotes del género como Wes Craven, y un flojillo manual de literatura de terror, que deja un regusto algo pobre… Como sus cuentos.

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