Bram Stoker y Drácula

Hablar de Bram Stoker es hablar de Drácula. La obra, que sirvió para dar a luz a uno de los iconos más importantes de la cultura del s. XX –junto a Frankenstein o Superman–, ha permitido al autor alcanzar la inmortalidad vampírica que éste cedió en la ficción a su protagonista.

Nacido en Irlanda en 1847, comenzó su carrera literaria escribiendo relatos, actividad que compatibilizaba con un cargo de funcionario del Estado. Su afición por el teatro le llevó a colaborar en dists medios de comunicación como crítico y reseñista, y esto, a su vez, a conocer a una de las personas más importantes de su vida, el actor Henry Irving.

Para él trabajó como manager y secretario hasta el final de la vida de éste. Fue en este periodo, inmerso ya en el mundo del teatro y el espectáculo y esas cosas, cuando escribe Drácula. Antes ya ha publicado con cierto reconocimiento algunas obras –entre ellas, alguna novela–, pero es con aquélla con la que logra cierto éxito.

He leído por ahí que hay rumores acerca de que no la escribió solo, y que recibió la ayuda de cierta ayudante, que permitió que Drácula se elevara sobre el resto de su obra de una forma un tanto sorprendente… El hecho es que, escribiera Drácula con o sin ayuda, se trata de una de las novelas de terror más importantes de todos los tiempos. Para el que escribe, la mejor.

Se trata de un texto elaborado de forma epistolar, recopilando fragmentos de diarios, cartas y documentos fonográficos –hablamos del final del s. XIX, y en aquella época esto era lo más de lo más–. Aunque con algunos errores de argumento –me remito a las notas de la edición de Valdemar que recientemente he podido consultar–, la historia sienta las bases del terror que ahora consideramos clásico: un castillo, un malo malísimo, niñas llenas de sensualidad que caen en sus garras, y hombres de bien, educados y correctos, que han de enfundarse botas de campo y blandir armas blancas para destruir el mal y salvar el mundo.

Aunque la obra recibió excelentes críticas –Oscar Wilde dijo de ella que era algo así como “la novela de terror mejor escrita de la historia”–, fue ya entrado el siglo XX, con la irrupción del cine y los medios de comunicación de masas, cuando verdaderamente alcanzó dimensión de mito. Son innumerables las adaptaciones al cine, a la televisión, y los ecos que aún pueden apreciarse en la literatura de género posterior. Mencionar, tan sólo a modo ilustrativo, el Ledstat de Anne Rice y la tan sonada saga Crepúsculo, que hace furor entre los jóvenes.

Al morir, en 1912, Bram Stoker dejaba para la posteridad no sólo una entretenida y terrorífica novela, sino una leyenda cargada de incógnitas y anécdotas – basta recordar el hecho de que la idea para Drácula surgiera de una indigestión de langosta–, que hacen que muchos, entre los que se incluye el autor de estas líneas, esperemos con interés que alguien se atreva a publicar en español una biografía del autor, inédita o traducida de algunas de las que circulan actualmente en el mundo anglosajón.